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3ª parte TRISTEZA

Y, un día, cuando se disponía a limpiar los estantes tomó a Tristeza entre sus manos para cambiarla mientras tanto de lugar. Al cogerla sintió como si una tonelada de plomo se le echase encima, provocándole asfixia inquietante, intentó desprenderse de ella, pero sus manos perdían fuerza y movilidad a la vez que el tono de su encarnada y sonrosada piel se volvía mortecina.
Tosía esforzada, la muñeca se apretaba con virulencia a su cuerpo llevándola a una eminente perdida de conciencia. Pero instante ante de que esto sucediese la mujer se tiró al suelo quedando sobre la muñeca, sintió un dolor agudo y desgarrador cuando sus manos se quebraban y recobraba la libertad de movimiento.
Se tumbó al lado de Tristeza para recobrarse, entendió que la mala experiencia se debería a la aspiración de algunos aceites y componentes del material que minutos antes estuviese organizando en el almacén.
¿Cómo pensar que el contacto con una simple muñeca podría provocar tales consecuencias? Pero cuando algo dentro de ella le obligó a mirar de reojo a Tristeza con cierto pavor, le pareció que la porcelana ya no se veía tan deteriorada, sonrió pensado que se le desbordaba la imaginación.
Entre la escoba y el recogedor atrapó a Tristeza y la depositó en un pequeño sillón de juegos de color carmesí. Un irracional instinto de supervivencia motivaba su comportamiento llevando sus actos lejos del contacto con la muñeca.

2ª parte TRISTEZA

El estante en el que reposaba se le hacía grandioso pues sola quedaba, allí, postrada, remesa tras remesa, acumulando polvo, preguntándose con extrañeza ¿qué le hacía tan diferente?, pues contaba con largos cabellos, brazos, piernas, un vestidito gris, unos zapatitos negros, y no era grande ni pequeña; lo justo para una muñeca de compañía, de las que miman las niñas y duermen con ellas.
Cuando el dueño se marchaba al taller, ella, se bajaba con sumo cuidado a mirarse en el espejo de un coqueto tocador de color marfil, con pequeñas rosas de pitiminí y lacitos celestes, pero el tocador cambiaba a las tonalidades del más apagado gris apenas se iba acercando, al igual que todo lo que se encontraba en su entorno más cercano, se diría que absorbía el color o los contagiaba del suyo, volviéndolos oscuros y fríos; aunque esa reacción solo la percibían los juguetes, que por temor , rechazaban tener relación, y no era visible al ojo humano.
El corazón de trapo blanco y esponjoso de Tristeza se fue ennegreciendo como el hollín según pasaba el tiempo y, la porcelana grisácea de su faz agrietando mostrando una vejez prematura impropia de una muñeca de sus características.
Su creador fue recuperando la ilusión por la vida y reanudando la continuidad de ésta con una mujer de mediana edad de rizos dorados y voz agraciada. La nueva esposa le propuso ocuparse de la tienda de regalos mientras el viajaba a convenciones para informarse de las últimas novedades.

Cuento Oscuro: Tisteza

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1ª parte

Cuando fabricaron a Tristeza su creador estaba sumido en una profunda melancolía, tal era su apatía que no imaginó ninguna gama de color armoniosa para pintarla, ninguna le parecía apropiada, dotándola de la apariencia más sombría por la total ausencia de ésta.
El soplo de inspiración que lo llevo a crearla era frio y doloroso, semejante al que produce el batir de alas rotas de un Ángel, y abrumador como el susurro al oído de una terrible noticia que te encoge el corazón dejándote sin aliento.
Aunque no deseaba realizar ningún juguete la necesidad de desahogarse dominaba sus manos empujándole a moldear de una forma casi autómata. Tristeza fue tomando forma reflejando la pena más oscura y profunda como los abismos que esconde el fondo del Mar.
Los días se sucedían sin que nadie reparase lo suficiente en ella como para encapricharse. En nada destacaba para atraer la intención, ni bordados en el vestido ni adornos en el pelo. Siempre tenía los ojos aparentemente húmedos mostrando un interminable desconsuelo ya que, cuando fueron incrustados se bañaron de lagrimas que zozobraban de los tembloroso ojos del hombre.
Éstos, resaltaba bruscamente en su fan grisácea medio iluminada de forma perenne y fantasmagórica por la blancura inmaculada del cuello de su blusa. Cualquier curioso que se le acercaba por casualidad y los contemplaba, retrocedía espantado preso de un sentimiento de angustia.

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