DESTERRANDO EL ALMA (1)


reí que estaba muerta, tan inmóvil sentada en el borde al pié de la cama.
Creí que estaba muerta, los ojos abiertos con la mirada perdida, vidriosos y las pupilas dilatadas. No se movía ni en mi presencia, ¿no respiraba?, me fijé en el inexistente movimiento de su pecho, era incapaz de identificar las constantes vitales, ¡no pestañeaba!, y, yo, no me atrevía a tocarla.
Un mechón de sus cabellos al lado en el suelo, los arañazos en el cuello y los moratones en su cara era los testigos certeros de la brutal paliza sufrida.
¿Esta vez que la habría originado y justificado? : negarse a trabajar 19 horas y media al día, pasar una hora fuera de casa después tan larga jornada, por revelarse para ser tratada como persona y no como un animal…por defender a sus hermanos menores de la cruel tiranía… o era, una vez más, la forma más hábil de desahogar frustraciones sobre un saco de carne que ya ni gimoteaba al ser machacado.
Como odiaba a sus padres, me lo había confesado infinidad de veces, sin embargo cuanto mendigaba una prueba de afecto por ínfima que fuese por parte de ellos.
Cuantas veces soñó con escapar de casa, de alguna forma lo hacía cada vez que su mente y el tiempo se aliaban para ayudarla...Volar sin pasaje, sin dinero, destino, limitaciones. Dueña de su cuerpo, su mundo y sus decisiones…Sí, su mente la reportaba lejos.
No podía dejar de mirarla, allí frente a ella yo también quedé inmóvil esperando una respuesta. Ni una lagrima en su rostro, ¿sería porque ya no le quedaban?, tantas y tantas veces las había derramado… Cuantas veces le habían hecho sentir que era nada, menos que nada un trasto inútil…aunque trocitos de su ser le gritaban que no era cierto, que ella era grande, grande como el mar que alberga vida y tesoros en las profundidades, poderosa como el viento benevolente o fiero, dulce e enigmática como las estrellas en el cielo…
No sé cuántas horas transcurrieron, lo que puedo asegurar es que nadie vino a ver lo que había sido de ella.
Anochecía para mí, el tiempo se agotaba y aún no había recibido la llamada, ¿sería este el final? ¿Debía marcharme para siempre? ¿Dejarla sola?...
No veía el torrente de luz tan nombrado, ese túnel puente a otra existencia, la falta de su presencia me hizo cuestionarme mi pureza, ¿era indigna de tal grandeza?
Oí un penetrante silbido y un viento que me arrastraba absorbiéndome en un remolino, engulléndome. Esta vez la puerta estaba casi obstruida en su totalidad, apenas entraba por la rendija que quedaba. Sentí unos latidos tenues y me incruste como golpe de vida, regresaba sin duda a ella…no era tiempo para morir si no para resurgir del dolor más fuerte decidida y valiente que nunca.




4 comentarios:

Silvia dijo...

Te susurro que como siempre está genial. Sin palabras me dejas... a veces, necesitaríamos desconectar así, sí.
Besos

Calamidad dijo...

me liado por el orden de las entradas, leer lo que escribes me ayuda a desconectar.

Margarita dijo...

Hola, Max. Muy intenso. Por desgracia se da esta situación límite que está viviendo tu protagonista. Al principio pensé que el narrador era otro ajeno a la prota, para al final darse cuenta uno de que es ella misma y el título cobra vida.

Me gusta la estética de tu blog y también este relato.

Me iré pasando. Nos leemos.

Margarita

Lydia Raquel Pistagnesi dijo...

El crepùsculo
habita estuarios sin horizonte,
mientras estrellas enmascaradas
descorren el telòn imaginario
de la noche

Lydia Raquel Pistagnesi del libro

"En el nombre del Àngel"

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